El nuevo paradigma

La era “postmoderna“ es una era sin consenso sobre la naturaleza de la realidad, aún está por determinar cuál es el próximo paso de esa realidad. Mientras, cuenta con la bendición de una riqueza de perspectivas de visiones y aportaciones sin precedentes porque estamos en la cima de ese cambio, podemos ver a lo lejos y hablar de cuál será el próximo valle.


El interrogante intelectual de nuestro tiempo reside en saber si el estado actual de profunda irresolución ontológica y epistemológica continuará indefinidamente, adoptando, tal vez, formas más viables o más radicalmente desorientadoras a medida que pasen los años.

La cuestión es si esa desorientación es el enuncio de la decadencia de la historia como titula Michel Onfray en su libro “Decadencia”, o si representa una transición histórica a otra era que traerá una nueva forma de civilización y una nueva cosmovisión con principios e ideales fundamentalmente distintos de los que ha impulsado el mundo moderno hasta ahora.

Todos podríamos dar nuestra opinión de cómo deberían haber ido las cosas y proponer una “nueva forma de civilización”. Pero Lo cierto es que la historia ya forma parte del pasado y nos ha hecho ir en esta dirección dramática, o necesaria, o inevitable y aún estamos elaborando el sí mismo que nace de esa visión.

Un frase de Richard Tarnas de su libro “La pasión por el pensamiento occidental” resume muy bien el estado de inquietud espiritual del paradigma del final del siglo XX después de la afirmación de Nietzsche “Dios ha muerto”.

“Nuestras predisposiciones psicológicas y espirituales están desorientadas y en desacuerdo  con el mundo que nos ha revelado el método científico. Es como si de nuestra situación existencial recibiéramos dos mensajes: por un lado, esforzarse, lanzarse en busca de significado y plena realización espiritual; pero, por otro, saber que el universo, de cuya sustancia derivamos, es completamente indiferente a esa búsqueda, sin alma y sin efectos anonadantes.”

Así que debemos reconocer, de entrada, que, a pesar de que el proceso civilizatorio fue y ha sido el que tenemos, afortunadamente, el impacto de la desaparición del Dios bondadoso ha sido amortiguado por la compleja elaboración del humanitarismo secular, que hoy interiorizamos a través de la cultura de la modernidad y que, hoy en día, nos permite hacer la realidad menos insoportable.

Pero sin embargo persiste el dualismo básico de la separación entre el individuo y el mundo exterior que se incrementó en la Ilustración. Ese proceso heredado de separación o escisión es el que nos dificulta la elaboración de un nuevo paradigma con fundamentos más integrales y limita la posibilidad de la re-unificación del hombre con la matriz universal.

Hoy en día estamos en este “VACÍO sin modelos“. Tal vez, si descubrimos en nuestro propio comportamiento pautas que aseguren la confianza, la afectividad y la cooperación, sea posible crear una alternativa. Mientras funcionó el cristianismo, ofreció una solución efectiva. Ahora, sería preciso construir una alternativa racional y sensible de virtud superior, o mejor dicho, tal vez no se trata de buscar sino de reconocer y re-encontrarnos con la vivencia del potencial de la co-creación divina y ser responsables entonces de actuar en coherencia con esos principios.

David Chevalier

By | 2017-09-26T17:28:58+00:00 septiembre 26th, 2017|Sin categorizar|0 Comments

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